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miércoles, 20 de abril de 2011

Jorge y el cilindro.

 El parsimonioso Jorge tenía suficientes motivos para abandonar un tiempo su achicado hogar. Tenía un comedor enorme, tres dormitorios y hasta dos baños. Y sentía, sin embargo, los zócalos agarrándole los talones. No pudo aguantar más y salió. Vivía solo, únicamente tenía dos plantas, una radio y a los cinco miembros de su familia.
 No deseaba nada más que su ropa amortiguadora para combatir el frío. Para salir llevó pantalones azules, una remera negra desgastada sin etiquetas ni expresiones y su campera milenaria negra. Generaciones de él mismo han usado esa última prenda de algodón. Aquella milenaria campera negra lo era todo, aunque parecía no tener nada. Había sido impregnado por sensaciones dignas de ser rememoradas con cada respiro. Sentía Jorge, que podía vestirse únicamente con su memoria cuando se ponía su campera.
 Le gustaba la noche, a Jorge. No era un hombre cuya naturaleza sea lúdica, visceral o impulsiva. La noche, según contaba a su hermano, es anestesia para el cuerpo y la mente, es el tiempo de introspectiva perfecto, porque el Sol tiende a nublar el pensamiento.
 Con sus prendas a cuestas, salió de la casa y largó a caminar. Mientras caminaba, sus piernas parecían tomar aire y elevarse más de lo permitido. Después del ascenso, caían al piso como plomo en el agua. Sentía altibajos espeluznantes. Sentía que podía llorar y reir en diferido, porque pensar en pensar en nada más le traía a la depresión más auténtica, pero lo auténtico lo llevaba a la felicidad y a la risa. En un momento podía largarse a correr con una velocidad adrenalínica; en otro, tenía la sensación de estar clavado al piso. Pero nada lo amedrentaba lo suficiente para detenerse. Estaba decidido, como quien va a definir su posición en el mundo.
 Seguía caminando, observando, observándose. Sus pasos parecían tener fines científicos. Encontraba en la calle similitudes con su vida. Era él una "multiplicidad de yoes" que caminaban con él, que se detenían con él, que pensaban con él, pero no como él. Miraba a los transeuntes como pequeños, adultos y ancianos que vivían en él. Eran él. Jorge sentía todo y sentía que era todo. Los negocios vendían alimentos, muebles, mascotas y enseres varios. Se veía reflejado en muchos alimentos, desgarrado y vendido en partes; se ponía en el lugar de los animales entre rejas; podía sentir su cuerpo volverse madera y mimbre. Pero si bajaba la vista, veía vidrio.
 Conforme seguía avanzando, notó que se acercaba a una construcción curiosa, jamás vista en su vecindario. Tenía una forma cilíndrica, por lo poco que podía apreciar. Tenía un color grisáceo oscuro, que se aclararía al acercarse más. Se encontraba muy cerca, cada paso que daba Jorge lo acercaba más de lo que quisiera. El quería caminar para pensar, pero se encontró con que el cilindro gris lo obligaba a pensar en caminar hacia él. Era insólito, como lo es un beso a una tapia.
 Ya frente a él, pocos metros separaban a su existencia del cilindro. No tenía signos de ser una edificación convencional. No estaba construida en bloques. Parecía una placa de metal enrollada. El cilindro tenía el largo de tres hombres.
 Jorge tenía miedo. Y no hubiera continuado observando la construcción, pero vislumbró una puerta ancha, del mismo color que las paredes del cilindro, quizá por esto casi no pudo distinguirla. Tenía una apariencia islámica, con un marco ancho. Se acercó impetuoso, su campera despedía un aroma entrañable, idílico. Lo ayudó a tomar fuerzas. Llegó a la puerta y trató de abrirla, pero no logró abrirla. Quizá por instinto sacó sus llaves del bolsillo para abrir la puerta. Logró, para su sorpresa, abrirla. Estaba ensimismado, no queriendo estar ahí, pero tenía su campera consigo. De pronto una voz familiar lo saludó. El le devolvió el saludo. Los zócalos volvieron a tomarle los talones.

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