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martes, 5 de junio de 2012

El vuelo nocturno.

Vuelvo, incansablemente, a escribirle a la noche. Unica dueña y señora de mis ideas. Ella es mi única gran confidente y amante. Y es tan culpable de mis desdichas como yo de que el Sol la espante con tanto coqueteo barato.

Se vuelve tedioso comer platos fríos, pero al menos tengo un té que me invita a partir, entre lágrimas que son a veces cuarzo, a veces nieve y a veces agua de lluvia. Lo que no tengo es un alma de teflón, por ello es que cuando algo me toca, se pega como el agua pega el papel a la pared.

Y el alto vuelo me espera, para dormir entre las nubes y rezar un "padrenuestro" que no tiene padre, madre, hijo, tutor ni encargado. Todo lo que tiene es desprecio a la divinidad. A su divinidad implícita. Porque entre tantos porqué, nunca supo hallar una respuesta convincente.

Pero el terror a morir me impide vivir como quiero, que es sabiendo cómo quiero vivir. Me quiere atrapar la marea, antes de despegar hacia la cumbre, con un cóndor que no sabe pronunciar mi nombre de pocas sílabas. Y el trayecto se va pareciendo a un palíndromo, así que la salida y el destino se me hacen similares, como visto frente a un espejo. Con una silueta simétrica, no hay camino que tenga algún sentido posible.

Igual me atrevo a avisar que me voy a volar. Les grito ¡¡Voy a batir mis alas!!, y me pongo a traducir sus caras, porque ya no quieren estar parados. Ya nadie quiere estar de pie, si la tierra no tiene la impronta de mamá.

¡¡La noche, el amor y una gran verdad!! No hay personificación posible para semejante condición. No hay Luna nueva que pueda esconder tanto aprecio, tanta perfección y tanta influencia incuestionable. Si no hay noches, no hay escritos. No hay nada. Por eso es que dependo tanto de ella. Nunca nada me forzó tanto y tan complacientemente. Y con cada canción que escucho, con cada palabra que me regala, la amo más.

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